Antes de que lleguen los villancicos y los turrones, en muchos hogares catalanes aparece un personaje muy especial: el Tió de Nadal. Este tronco sonriente, tapado con una manta y con barretina roja, es uno de los protagonistas más queridos de la Navidad en Cataluña. Días antes de la celebración, las familias lo “alimentan” con dulces y lo cuidan con cariño. Y llega el momento mágico: en Navidad, los niños lo golpean con bastones mientras cantan canciones tradicionales para que el Tió “cague” regalos y golosinas. Una mezcla perfecta de humor, ternura y complicidad que se transmite de generación en generación.
Pero el Tió no es la única figura entrañable de estas fechas. En los belenes catalanes siempre aparece una figura que sorprende y hace sonreír a quien la descubre: el Caganer. Pequeño, de barro, con barretina y pantalones bajados, encarna una tradición tan curiosa como querida. Su origen se remonta al siglo XVIII, cuando simbolizaba fertilidad, prosperidad y buena suerte para el año nuevo. Con el tiempo, esta figura ha evolucionado y hoy puede encontrarse convertida en político, deportista, actor o personaje de ficción, sin perder nunca ese punto de humor que la hace única.
Ambas tradiciones —el Tió en los hogares y el Caganer en los pesebres— comparten algo esencial: la capacidad de humanizar la Navidad. Nos recuerdan que lo cotidiano también puede ser mágico, que la risa une y que las pequeñas costumbres son las que dan identidad a una cultura. En Cataluña, la Navidad no solo se celebra: se vive con ingenio, cercanía y un toque de humor que perdura año tras año.